Es la primera vez que hago de manifiesto mi pensamiento en forma subjetiva y en un medio de alcance global.
Pues, tal vez para muchos, existen fechas consideradas importantes y que deberían ser inolvidables, por tanto inexorables. Me refiero, pues, a los cumpleaños. Que es inherente a todas las personas. Tal vez esa forma de recordarlos sea festejándolos y se haya instaurado a nivel mundial.
En mi opinión es una manifestación del mero resultado de la interacción dialéctica entre las relaciones sociales de producción con las fuerzas productivas, la superestructura. Esa costumbre occidental es un patrón del mundo moderno. Instaurada ya en nuestro siglo por la colonialidad del poder en el ámbito cultural.
Por ello, pese a encontrar una serie de discrepancias, el de festejarlo o no festejarlo es criterio de cada uno. Es además estipulado en la declaración de los derechos del hombre que todo hombre es libre de sus acciones.
Medite esta cuestión durante mucho tiempo. Sé que esto no es lo que en realidad es la descripción objetiva de la realidad. Pero escribo así porque estuve en un debate candente con uno de mis compañeros de la universidad. Se cuestionaba este tema porque me oponía a celebrar mis cumpleaños.
Eludiendo esa descripción, un tanto objetiva y otro tanto subjetiva, abordo ahora la arena social. Lo que en la actualidad constituye en la configuración cultural de las personas como seres sociales. Es que sea cual fuere la ocasión las personas cada vez mas entran en relación directa con sus semejantes.
Cumplir la mayoría de edad es, en realidad, en mi criterio, tener permiso para participar directamente en las cuestiones de un estado. Porque con la mayoría de edad se puede ejercer el voto, el elegir al representante de un país.
En mi país la mayoría de edad, lastimosamente, se obtiene a los 18 años de edad. Para mí y para muchos no debería ser así, porque a esa edad las personas aun no están mentalmente preparadas para asumir una mayoría de edad. Esa mayoría de edad es la que ahora he alcanzado. Y por cierto esa noticia es la que me conmueve alegremente. Hasta ahora había sabido que ese proceso de participación de mujeres, analfabetos y jóvenes en las elecciones fue una larga lucha. Y ahora al fin ya no seré vetado de participar en la decisión de mi país. Además, durante mi preparación preuniversitaria, para aprender historia aprendía una vasta cantidad de nombres de personajes que gobernaron el Perú. Aprendí sobre cómo llegaron a ser gobernantes y como ejercieron sus cargos. Pero siempre quise, en muchas ocasiones, volver a esas fechas pasadas para ser protagonista de esos procesos políticos. Por eso ahora ya cumplí con lo necesario para ejercer lo que tanto y con mucha gana había ansiado. En síntesis, en mi interior emerge una crasa e inmedible alegría que resuena como tambores en dentro de mi pecho el hecho de cumplir con los 18 años.
La wayliya es una expresión ritual compuesta por un conjunto de música, canto y danza, que se practica en el contexto de las celebraciones a la natividad del niño Jesús. En Haquira se celebra la navidad con la fiesta organizada por un carguyoq (mayordomo), dentro de un sistema de cargos, que ponen a bailar a negros, llameros, majeño y waylala con la música de la wayliya. Esta fiesta navideña con la fiesta del ritual de la wayliya es lo que por hoy se llama wayliya haquireña. Se sabe que esta es la expresión cultural más antigua y más importante del pueblo de Haquira. Pese a su trascendencia sufrió desventuras que lo llevaron a su casi desaparición y con el esfuerzo de algunas personas se lo recupero, valoro y se hizo declarar como Patrimonio Cultural de la Nación. En estas líneas quisiera dar cuenta de estos esfuerzos a partir de la memoria de algunas personas y sobre todo mi observación directa. Todavía no se hace una reconstrucción seria sobre la historia del pueblo y menos de es...
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